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No era solo un perro

Foto del escritor: Gaby Morales
Gaby Morales
25 abr 2024
5 min de lectura

Actualizado: 24 sept

Duelo por la muerte de un perro

Quizá para mucha gente sea solo un perro, pero hoy mi corazón se encuentra roto por su ausencia. Hace algunos años, sin buscarlo —aunque quizá nuestra alma lo deseaba—, llegó a nuestra familia una bolita de pelos. Estaba temblando y tenía frío, pero, sobre todo, miedo. Sus ojitos se cruzaron con los nuestros; tan expresivos, comunicaban más de lo que cualquier palabra humana pudiera decir. Entendimos que nos necesitaba. Necesitaba ayuda para no permanecer en la calle, pero necesitaba aún más una familia… necesitaba cariño.


Decidimos adoptarlo y lo primero que hicimos fue llevarlo con un profesional para que lo revisara. Tenía apenas un par de meses, según nos indicó el veterinario, quien, además de brindarle la atención necesaria, lo dejó limpio y todavía más hermoso. Lo envolvimos en una chamarra y lo llevamos a casa. Desde ese primer día se convirtió en parte de nuestra familia.

Al principio hubo noches de desvelo y aprendizaje mutuo. Como no estaba acostumbrado, escapaba del espacio que le habíamos asignado y trepaba lo que fuera necesario para estar con nosotros. No quería estar solo; le encantaban la cercanía y el contacto, sentirnos cerca y dejarse querer.


Fue creciendo y compartiendo cada vez más experiencias con nosotros, hasta que dejamos de sentirlo como una mascota y empezó a ocupar, con toda naturalidad, un lugar más dentro de la familia.Sus ojitos marrones expresaban tanto que a veces parecía que el universo entero podía mirarme a través de ellos. Su colita se movía a toda velocidad cuando me recibía después de una larga jornada, y su calor envolvía mis pies mientras trabajaba durante horas frente a la computadora. Hoy nada de eso está. Su vacío duele. La ausencia duele. La casa reclama sus brincos tras las pelotas que tanto le gustaban y el pasillo extraña sus juguetes, que ahora permanecen quietos en una caja.


Aún recuerdo aquellas noches en las que el insomnio se apoderaba de mí y mi cabeza no dejaba de darle vueltas a mil pensamientos. Él me acompañaba en esos momentos de difícil sosiego. Se acercaba despacito, subía al sillón y posaba su cabeza sobre mis piernas; ahí, en silencio, me transmitía su calor y su paz hasta que, por fin, lograba conciliar el sueño.

Algunos días, cuando la tristeza me invadía —o invadía a cualquiera en casa—, se acercaba a quien lo necesitaba y le ofrecía cariño. Traía su pelota favorita para invitarte a jugar o simplemente se acurrucaba a tu lado para acompañarte. ¡Cuánto amor y bondad puede haber en esos seres que, sin hablar, saben estar justo cuando los necesitas!


Como familia, muchas veces fuimos criticados porque nuestras salidas se modificaron. Procurábamos ir sólo a lugares donde él fuera bien recibido, algo que a veces se complicaba también por su gran tamaño. Tuvimos que adaptarnos y ayudar a otros a comprender la nueva estructura de nuestra familia.Para mis padres tampoco fue sencillo. Para ellos, los perros eran mascotas que vivían fuera de la casa, en el patio, donde se les ponía agua y comida, se limpiaba su espacio y eso era todo; no estaban acostumbrados a una convivencia tan cercana. Para nosotros las cosas eran diferentes, así que tuvimos que comprender su postura y aceptar que, por ejemplo, a casa de los abuelos él no podía ir.


Aunque al principio no lo pensábamos demasiado, sabíamos que su esperanza de vida era menor que la nuestra. Sin embargo, con toda la energía, alegría y ganas de jugar que tenía, esa realidad parecía muy lejana. Disfrutaba conocer lugares nuevos y lo demostraba con un caminar muy suyo: parecía brincar con las patas traseras mientras levantaba, orgulloso, la cabeza y las orejas. La primera vez que lo vimos hacerlo fue cuando conoció el bosque, una mañana de otoño. Ese día se descubrió libre, corriendo entre las hojas que crujían bajo sus patas, mirando los árboles y los rayos de luz que se filtraban entre ellos. Juntó varitas, conoció a las ardillas y descubrió un río al que no pudo resistirse a entrar. Terminó lleno de lodo, pero feliz. La verdad es que todos acabamos igual de sucios, relajados y sonrientes, como no lo habíamos estado desde hacía mucho tiempo.


Llevarlo a conocer la playa era una idea que llevaba tiempo rondando nuestra cabeza, así que unas vacaciones emprendimos el viaje en auto. Fueron varios kilómetros en los que, por momentos, sacaba la cabeza por la ventana y, en otros, reclamaba espacio en el asiento trasero para poder dormir. Durante ese viaje también lo conocimos un poco más. Nos mostró sonidos nuevos y tonos distintos en su ladrido que nos hacían saber cuándo necesitaba bajar del auto. Cuando por fin llegamos, salimos corriendo para enseñarle el mar. En ese primer encuentro se acercó todo lo que pudo, pero enseguida regresó a esconderse entre nuestras piernas. Al día siguiente, en cambio, corrió hacia las olas, jugó en la arena y observó curioso a los cangrejos que aparecían en la playa. Ese fue su viaje más largo por carretera. Me hubiera encantado poder regalarle muchos más.


Poco a poco, los años pasaron y llegó el momento de su partida. Me parece que él lo sabía y que eligió un día para estar con cada uno de nosotros y despedirse sin prisa.

Nosotros sabíamos que algo no estaba bien y que se acercaba el momento de decirle adiós definitivamente. Agradecimos cuanto pudimos, lo abrazamos, le dimos su comida favorita y lo acompañamos hasta el último momento. Sus ojitos se cerraron y, entre nuestras caricias, se fue quedando dormido hasta encontrar su paz.

No ha sido fácil entender su ausencia, dejar de llorar… ni dejar de extrañarlo. Tampoco ha sido sencillo escuchar preguntas necias e insensibles. La más común: “¿Por qué tanto dolor si solo era un perro?”


Hoy no está conmigo físicamente, pero su calor sigue llenando mi alma y, de alguna manera, me acompaña mientras escribo estas líneas en su honor. Sé que, aunque baje la mirada y ya no lo encuentre junto a mis pies, su presencia sigue formando parte de mi vida.

Me gusta recordarlo al ver esa correa que todavía cuelga a un lado de la puerta, como esperando una nueva salida. Quizá lo más difícil ha sido recorrer las mismas calles sin él y guardar sus juguetes sabiendo que nadie volverá a esparcirlos por toda la casa.

No sé si este dolor es comparable con el que se siente al perder a una persona; sólo sé que duele en su propia dimensión. Duele porque el vínculo que construimos fue muy grande y porque, a mí y a mi familia, nos enseñó a amar y a querernos de una manera diferente.

Algunas personas me preguntan si lo veía como a un hijo, y la verdad es que no fue así. Pero sí sé que, de alguna manera, ambos nos adoptamos para querernos, cuidarnos y acompañarnos durante el tiempo que la vida nos permitió compartir.

Hoy ya no escucho sus patitas detrás de mí, ni veo sus ojitos mirándome, ni lo veo ladear la cabeza cuando le hablaba en serio; pero lo llevo conmigo y agradezco profundamente haberlo conocido.


Sé que para mucha gente fue solo un perro, y entiendo que por eso me piden que no llore, que lo supere e incluso me sugieren adoptar otro, como si fuera reemplazable. Pero para mí y para mi familia fue un compañero de viaje que nos enseñó que el amor no tiene especie, raza ni una forma definida; que puede llegar en cualquier “empaque” y que, cuando te toca, te transforma. Si estás atravesando la muerte de un animal de compañía y necesitas un espacio donde tu pérdida sea comprendida sin minimizarla, puedes conocer más sobre el acompañamiento en duelo por animales de compañía.

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